El fin del mundo: Estado vs. Internet

ADVERTENCIA: Si es su primera vez por aquí, no olvide que al igual que cualquier persona, puedo estar equivocado. Consuma con precaución. 🙂

Esta es la traducción de un post de David Eaves, publicado originalmente en inglés el 18 de Junio de 2012 en su blog eaves.ca.  Me gustó mucho porque pone en blanco y negro algunas inquietudes que también he tenido en la cabeza desde hace rato, con las que me identifico bastante y que considero esenciales para pensar en el futuro.  Igual, aquí no aparecen algunos elementos del contexto que podrían alterar de manera radical el curso de los acontecimientos (cambio climático o pico del petróleo, por ejemplo).  En todo caso, al igual que el artículo de Mark Federman, este es uno de esos escritos que dan amplían la perspectiva de manera radical, redimensionando el alcance (y sentido) de la labor de cualquier docente.

Decidí traducirlo porque las ideas que plantea dejan abiertas preguntas importantes para la forma en la que concebimos nuestros sistemas educativos y nuestra labor actual en relación con el futuro, y porque en mi propia experiencia como estudiante y docente estos asuntos han estado al margen de los ‘temas que hay que aprender’.   Además, tiene todo que ver con la exploración que estamos haciendo en #explorArTIC.  Sigue la traducción.  Correcciones, comentarios y sugerencias son muy bien recibidos.

En el último fin de semana en el FooCamp, co-lideré una sesión titulada “El Fin del Mundo: ¿Internet destruirá al Estado, o el Estado destruirá a Internet?” Lo que sigue son las ideas con las que abrí durante mi introducción a la sesión y algunas reflexiones adicionales que he tenido y que otros compartieron durante la conversación. Para evitar confusión, me gustaría aclarar que a) No afirmo que estas preguntas nunca han sido planteadas antes, solamente espero que este encuadre puede generar pensamiento y debate de utilidad, y b) que no creo que estos son los únicos dos o tres posibles resultados; sólo fue una forma interesante de enmarcar algunos extremos a fin de generar una buena conversación.

Introducción

Hace algún tiempo, me pareció ver un tweet de Evgeny Morozov que decía algo como: “Usted no pasa de la imprenta al Renacimiento y al iPad, hay revoluciones y guerras en el medio que no se pueden ignorar”. Ya que no puedo encontrar el tweet, tal vez él no lo dijo o me lo imaginé… pero provocó una línea de pensamiento.

Tecnología y cambio

Con frecuencia, cuando la gente piensa en la imprenta, piensa en su impacto en la Iglesia Católica -acerca de cómo permitió que las  quejas de Martín Lutero se volvieran virales y cómo la localización de la Biblia eliminó la necesidad del intermediario (el sacerdote) para conectarse y relacionarse con Dios. Pero si la imprenta socavó la Iglesia Católica, tuvo el efecto contrario en el estado. Para ser justos, los jefes de estado recibieron una paliza (véase la Revolución Francesa et al.), pero el estado mismo fue más ágil e hizo un buen uso de la tecnología. De hecho, vale la pena señalar que la noción moderna de estado-nación no es concebible sin la imprenta. La prensa transformó el Estado – escalando su capacidad para exigir el control sobre la lealtad de los ciudadanos y movilizar recursos que, a su vez, tuvieron un impacto en cómo los estados se relacionaban (y luchaban) entre sí.

En su libro seminal Imagined Communities, Benedict Anderson describe la forma en que la imprenta permitió al estado estandarizar el lenguaje y la historia. En otras palabras, alguien creciendo en Marsella 100 años antes de la imprenta probablemente tenía un sentido muy diferente de la historia y hablaba un dialecto del francés muy distinto en comparación con alguien que vivía en París durante el mismo período. Pero la imprenta (y más específicamente, quienes la controlaban) permitió que un discurso dominante emergiera (en este caso, probablemente el parisino). Piense en los diccionarios estandarizados, en los libros de texto y currículos, por no hablar de la historia y el entretenimiento. Esto hizo que personas que nunca se habrían encontrado compartieran una historia, un lenguaje y un discurso común imaginado. No hay que subestimar el impacto que esto tuvo sobre la identidad de las personas. Como dice esta maravillosa cita del libro: “En última instancia, es esta fraternidad la que hace posible, en los últimos dos siglos, para tantos millones de personas, no sólo matar, sino morir de buen grado por estas limitadas ideas”. En otras palabras, los estados ahora podían prescindir totalmente de los mandos medios feudales y aprovechar el poder de grandes franjas de la población directamente – una población que  podría nunca encontrarse realmente, pero que no obstante podría sentirse conectada entre sí. Así, la imprenta ayudó a crear el estado-nación moderno proporcionando una forma de tribalismo a escala: lo que hoy llamamos nacionalismo. Este fue, a su vez, un ingrediente importante para las guerras que dominaron el final del siglo 19 y la primera parte del siglo 20 – piense en la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Esto no quiere decir que sin la imprenta no hay guerra – sabemos que no es así – pero el tipo de guerra total entre los estados-nación del siglo 20 tiene una línea directa a la imprenta.

Así que en realidad, el mundo tecno-utópico de: imprenta -> Renacimiento -> iPad no es particularmente exacto.

Lo que tenemos es: imprenta -> Renacimiento -> evolución del estado -> desestabilización del orden internacional -> derramamiento de sangre significativo -> re-estabilización del sistema internacional -> iPad.

Menciono todo esto porque si este es el impacto que la imprenta tuvo sobre el estado, aparece una nueva pregunta: ¿Cuál será el impacto de Internet sobre el estado? ¿Internet será una tecnología que el Estado puede aprovechar para extraer mayor lealtad de sus ciudadanos… o Internet destruirá las comunidades imaginadas que hacen posible al estado, reemplazándolo con una organización más ágil, disruptiva, con mejor capacidad de sobrevivir a la era de Internet?

Algunos escenarios

Nota: una vez más, estos escenarios no son absolutos o las únicas posibilidades, sino que están diseñados para plantear preguntas y provocar reflexiones.

El Estado destruye a Internet

Una posibilidad es que el Estado sea tan adaptable como el capitalismo. Siempre me sorprende la forma en que el capitalismo ha evolucionado a lo largo de los siglos. Del mercantilismo al libre mercado al mercado social al capitalismo estatal, como un meme que se adapta fácilmente a nuevos ambientes. Una posibilidad es que el estado sea igual: lo suficientemente flexible para adaptarse a nuevas condiciones. En consecuencia, uno puede imaginar que el Estado toma el control suficiente de Internet para convertirlo en una herramienta que, en el mejor de los casos mejora – y en el peor de los casos, no amenaza – la conexión de los ciudadanos con él. Irán, con su intento de construir una red interna administrada por el estado que le permita monitorear de cerca cada movimiento de sus ciudadanos, es un ejemplo aterrador de la primera alternativa. China –con su gran firewall– puede ser un ejemplo de la última. Pero no es necesario ensañarse con estados no occidentales.

Y un mundo en red proporcionará a los Estados -especialmente a los democráticos- una cantidad de razones para apoderarse de un mayor control de las vidas de sus ciudadanos. Desde el crimen organizado al terrorismo, pasando por el robo de identidad, los gobiernos encontrarán un montón de razones para monitorear a sus ciudadanos. Esto sin hablar de las persistentes amenazas avanzadas que crean un estado de guerra en línea continua – o una especie de falsa artificial guerra moderna – entre China, Estados Unidos, Irán y otros. Esta puede ser la justificación última.

En efecto, como consecuencia de estas amenazas, Estados Unidos ya cuenta con un amplio sistema que usa Internet para monitorear a sus propios ciudadanos, e incluso mi propio país – Canadá – trató de aprobar una ley el año pasado para aumentar de manera significativa el control en línea de los ciudadanos. El Reino Unido, por supuesto, acaba de proponer una ley cuyas disposiciones de monitoreo harían gritar de alegría a cualquier gobierno autoritario. Y apenas la semana pasada nos enteramos de que el gobierno del Reino Unido se prepara para entregar un cheque en blanco a los proveedores de servicios de Internet para la instalación de sistemas de monitoreo que registren lo que sus ciudadanos hacen en línea.

No tengan dudas, de lo que se trata esto es del estado tratando de asegurar que Internet sirva – o al menos no ponga en peligro – sus intereses.

Por desgracia, este es el futuro más fácilmente imaginable, ya que se ajusta con el mundo que conocemos – uno donde los estados se encuentran en ascenso. Sin embargo, en muchos aspectos este futuro es resultado de una proyección lineal, y nuestro mundo, especialmente nuestro mundo interconectado, en raras ocasiones se comporta de forma lineal. Así que debemos tener cuidado de no confundir familiaridad con probabilidad.

Internet destruye al Estado

Otra posibilidad es que Internet socave nuestra relación con el estado. Al estar en línea, nos involucramos cada vez más con comunidades epistémicas – sean sociales (como alguien en un gremio de World of Warcraft) o profesionales (como una asociación con una comunidad científica). Mientras tanto, en el mundo físico, las comunidades locales – posiblemente a nivel regional – se tornan  ascendentes. En ambos casos, las regulaciones y normas creadas por el Estado se sienten cada vez más como un impedimento para llevar a cabo nuestras vidas, comercio y objetivos generales cotidianos. La frustración aparece, y crecientemente alguien en la Florida  siente menor y menor relación con alguien en el estado de Washington. El sentido común de identidad, la comunidad imaginada creada por el Estado, comienza a erosionarse.

Esto es, por supuesto, difícil de imaginar para muchas personas, en especial los estadounidenses. Sin embargo, para muchas personas alrededor del mundo, incluyendo a los canadienses, la unidad del Estado no es una suposición libre de preocupaciones. Durante mi vida ha habido tres referendos para fragmentar Canadá. Más al punto, este proceso probablemente no se iniciaría en los lugares donde el Estado es más fuerte (por ejemplo, en América del Norte), sino que empezaría en los lugares donde es más débil. Piense en Somalia, Egipto (en el momento) o Bélgica (que básicamente ha funcionado durante dos años sin un gobierno y nadie parece darse cuenta). Tal vez esto no es un mundo sin Estado, sino con un montón de pequeños estados (que creo que rompe hasta cierto punto con el molde de lo que nos imaginamos como Estado) o tal vez algún nuevo mecanismo organizacional, uno que aprovecha las identidades de las comunidades locales , pero puede coexistir con una red de identidades transnacionales difusas pero importantes. O tal vez la unidad de organización se hace más grande, de modo que mayores recursos puedan convocarse para afrontar nuevas amenazas basadas en la red.

Yo, al igual que la mayoría de la gente, encuentro este mundo más difícil de imaginar. Esto se debe a que muchos de nuestros supuestos de repente desaparecen. Si no es el Estado, ¿entonces qué? ¿Quién o qué protege y administra la infraestructura de Internet? ¿Qué pasa con otros tipos de amenazas como los intereses corporativos, el crimen organizado y los delitos cibernéticos, etc? Estas son asuntos que conllevan un verdadero cambio de paradigma (disculpas por el uso de la palabra) y, francamente, todavía me encuentro demasiado atrapado en mi mundo Newtoniano y las normas hacen que sea difícil imaginar o siquiera saber cómo será la mecánica cuántica. Una vez más, quiero separar el hecho de imaginar el futuro de su probabilidad. Los dos no siempre están conectados, y es por eso que pensar en este futuro tan incómodo y alienante como pueda ser es, probablemente, un ejercicio importante.

McMundo – Internet Premia a la Corporación

Una de las grandes presunciones que a menudo encuentro en las personas que escriben/hablan acerca de Internet es que casi siempre asumen que el individuo es la unidad fundamental de análisis. Hay buenas razones para ello: usando los medios sociales, la capacidad de un individuo de ser disruptivo ha aumentado, en general. Y como Clay Shirky ha señalado, la necesidad de coordinar instituciones y gestores se ha reducido considerablemente. De hecho, el post del blog de Shirky sobre el colapso de los modelos de negocio complejos es (además de una maravillosa pieza) una descripción fantástica de cómo una tecnología disruptiva puede socavar la capacidad de los actores complejos más grandes en un sistema y beneficiar a actores más pequeños, más simples. Por supuesto, el actor más pequeño en nuestro sistema puede no ser el individuo. Puede ser un actor que es más pequeño, más ágil que el Estado, que puede fomentar una comunidad imaginada, y puede adoptar diversas formas de reunir recursos para su auto-organización en una estructura jerárquica. Tal vez sea la corporación.

Durante la conversación en FooCamp, Tim O’Reilly enfatizó este punto con gran efecto. Podría ser que la corporación sea, en realidad, la entidad mejor posicionada para adaptarse a la era de Internet. Lo suficientemente pequeña para aprovechar las redes, lo suficientemente grande como para generar una comunidad que sea realmente leal y comprometida.

De hecho, es fácil imaginar un ciclo de retroalimentación que acelere el ascenso de la corporación. Si nuestras comunidades imaginadas de los estados-nación no puede soportar un mundo de múltiples narrativas y por lo tanto se vuelven más débiles, las corporaciones se beneficiarían no sólo de una mayor capacidad de adaptación, sino que el contrapeso ideal para su poder – la regulación estatal y las fronteras – podría erosionarse de forma simultánea. Un mundo en el que más y más poder – a través de la información, el dinero y el capital humano – se concentra en las corporaciones no es difícil de imaginar. De hecho, hay muchos que creen que este ya es nuestro mundo. Por supuesto, si los lugares (en general, los órganos de gobierno) en donde las corporaciones entran en conflicto -en particular los de tipo intersectorial – no pueden ser mediados pacíficamente, las corporaciones pueden volverse mucho más agresivas. La necesidad de crecer, de reunir más recursos, de tener una división de seguridad para defender los intereses corporativos, podría conducir a un crecimiento de las corporaciones hacia entidades que apenas podemos imaginar hoy. Es un futuro inquietante, pero no uno que no haya sido imaginado varias veces en las novelas de ciencia ficción, y no uno que yo pondría más allá del reino de la imaginación.

El Fin del Mundo

El punto más importante de todo esto es que las nuevas tecnologías cambian la forma en la que imaginamos nuestras comunidades. Un impacto de la imprenta de segundo y tercer orden fue su papel fundamental en la creación del estado-nación moderno. La gran pregunta es, ¿cuáles serán los impactos de segundo y tercer orden de Internet en nuestras comunidades (reales e imaginadas), nuestra identidad y los lugares en donde el poder se concentra?

Tan diferentes como los resultados anteriores son, comparten algo importante en común. Ninguno representa al status quo. En cada caso, la naturaleza del estado y su relación con los ciudadanos, cambia. En consecuencia, me resulta difícil imaginar un futuro donde Internet no sigue poniendo una tensión real en la forma en la cual nos organizamos, y a su vez en los sistemas que hemos construido para administrar esta organización. En consecuencia, no es difícil imaginar que entre más y más de esas instituciones – incluyendo potencialmente al mismo estado – estén bajo presión, los sistemas que se encuentran estables actualmente -como el sistema internacional de estados – sean llevados a un punto de inestabilidad. Vale la pena señalar que después de la imprenta, uno de los primeros estados nación verdaderos – Francia – causó estragos en Europa durante casi medio siglo, utilizando sus recursos ampliados para conquistar casi a todo el mundo a su paso.

Si bien estoy fascinado por la tecnología y creo que puede ser aprovechada para hacer el bien, me gusta pensar que no soy – como  Evgeny los etiqueta – un tecno-utópico. Necesitamos recordar que, mirando hacia atrás en nuestra historia, los efectos de segundo y tercer orden de algunas tecnologías puede ser muy desestabilizadores, lo que lleva consigo riesgos reales de generar conflicto y derramamiento de sangre significativos. De ahí el título de esta entrada del blog y de la sesión FooCamp: El Fin del Mundo.

Esto no es un llamado para un manifiesto ludita renovado. Todo lo contrario: estamos en una cinta de correr de la que no podemos bajar. Nuestras tecnologías han mejorado nuestras vidas, pero también han creado nuevos problemas que, muy a menudo, requerirán  innovaciones sociales y otras tecnologías para ser resueltos. Más bien, quiero plantear esto porque creo que es importante que más personas – especialmente aquellos en el valle [Silicon Valley] y otros centros de tecnología (y no sólo a los estrategas militares) – estén pensando críticamente sobre los posibles efectos de segundo y tercer orden de Internet, la web y las herramientas que están creando, de manera que puedan contribuir a la reflexión en torno a posibles respuestas tecnológicas, sociales e institucionales que podrían, ojalá, mitigar los peores resultados.

Espero que esto promueva reflexión y debate adicional.

Sobre el autor

Soy Diego Leal . Quiero entender cómo funciona el mundo y ayudar a otros a hacerlo. Para ello trabajo en el diseño e implementación de experiencias de aprendizaje en red con uso de tecnología, que nos den pistas sobre cómo podemos aprovechar el potencial de los recursos con los que contamos para mejorar nuestro entorno. Me sorprende lo poco que sabemos y lo mucho que creemos saber.

©2016 Diego E. Leal Fonseca. Partes de este sitio están disponibles bajo licencia Creative Commons BY-NC-SA

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