Lo que hacemos cuenta…

ADVERTENCIA: Si es su primera vez por aquí, no olvide que al igual que cualquier persona, puedo estar equivocado. Consuma con precaución. 🙂

En 2011, mientras avanzaba una de las cohortes de ArTIC-Uruguay, Michael Wesch escribía en algún foro de discusión un texto corto pero ‘sustancioso’ titulado Inspirando preguntas en el que argumentaba, entre otras cosas, la importancia que tiene para el futuro (y para el presente) comprender mejor las redes y la lógica de red.  El texto me gustó tanto como para traducirlo rápidamente e incluirlo dentro de los materiales de exploración de ArTIC.  Y después de este tiempo sigue ayudándome a percibir cosas que, como lo pondría Duncan Watts, resultan obvias en retrospectiva.

En especial, cuando hablamos de la lógica de red, se atraviesa la muy conocida frase de “todo está conectado”. La frase se ha convertido en un cliché con las historias del llamado ‘efecto mariposa’ y está teñida de un enorme romanticismo (digo yo, al ver  series como Touch, por ejemplo). O con la importancia de usar bombillos ahorradores y asumir hábitos de vida más ‘sostenibles’ (aunque a veces no resulte claro para quién son sostenibles… para los interesados, una crítica bien ácida pero real de estos movimientos se encuentra en la novela gráfica As the world burns).

Lo que se nos escapa a veces (al menos a mí se me escapó durante mucho tiempo) es que cuando tenemos un mundo en red y todo está conectado, lo que hacemos puede tener efectos no sólo inesperados sino invisibles.

Algunos ejemplos tomados de mis últimos días:

  • En muchas fiestas se ha vuelto normal usar varitas de luz como decoración o simplemente para, ‘animarlas’.  Su costo es bajo y además se pueden ensamblar unas con otras. ¡El límite es la imaginación! El problema es que no sólo requieren bastante energía para ser producidas, sino que una vez usadas no pueden ser recicladas. ¿En donde terminan las varitas después de las pocas horas de vida útil que tienen? En el basurero. Y nuestra vida sigue sin pensar siquiera en ello.
  • En algunas zonas, se acostumbra lanzar durante el día globos plásticos inflados con aire caliente.  El globo se infla y se va volando, para no ser visto de nuevo. Confieso que todavía me cuesta trabajo entender estos globos. Es cierto que son bonitos y que hay algo de magia en el hecho de ver un diamante de plástico elevándose en el cielo pero,en serio, ¿cuál es el punto? Los globos suben pero, inevitablemente, vuelven a bajar. Y cuando lo hacen pueden tener efectos serios. En zonas costeras, simplemente aportan a la dramática acumulación de plástico en el oceano y la costa. En el interior, lo mismo.  Pero como el globo es bonito y no volvemos a verlo, todo está bien. Y nuestra vida sigue sin pensar en ello.

Con los ejemplos anteriores más de uno dirá: “¿entonces tenemos que dejar de hacer las cosas que nos gustan? ¿tenemos que vivir aburridos?” (been there, done that).

  • Las filas en los peajes para volver a las ciudades después de un feriado o de la temporada de fin de año son enormes. Y el tráfico en las ciudades sólo tiende a empeorar. Lo curioso es que el comentario frecuente pone la responsabilidad en los gobiernos. ¡Es el colmo que no mantengan la infraestructura! ¡Por eso estamos como estamos!.  Lo que uno no suele escuchar es una reflexión (ni un asomo de duda) respecto al papel que cada uno tiene en este problema. Y en un país que concibe el automóvil como señal de ‘prosperidad’, celebramos los cientos de miles de vehículos vendidos cada año como un maravilloso logro. No pasa por nuestra cabeza que todos esos carros van a empeorar el tráfico y contribuir a la degradación ambiental.. “Mire, la mejor marca de carro es nuevo. Además, para eso se mata trabajando, no?”  (La solución a este problema no es sencilla, por supuesto, e implica repensar tanto el lugar de vivienda como de trabajo -cuando esto es posible-, contar con buenos sistemas de transporte público y aceptar que habrá cosas que no será posible hacer).
  • Una de las obsesiones de nuestra sociedad es obtener dinero de la manera más sencilla posible y, cuando se pueda, ‘poner la platica a producir’. A veces soñamos con trabajos fantásticos en donde por poco esfuerzo cobremos grandes sueldos, con vivir de la renta o, al menos, con ganarnos la lotería. Para un sector de nuestra población, el sueño es ser capaces de ‘coronar’ cuando llegue el momento.  ¿Y por qué no? ¿Acaso no nos lo merecemos?  Al igual que con las varitas, los globos y los carros, nuestro limitado campo de percepción nos ayuda a mantener la ilusión de que lo que hacemos no tiene efecto (“Pero si es sólo una varita/globo/carro! Pero si es sólo una vez al año!”).  Un poco de información adicional empieza a mostrar que para que haya pocos ricos es indispensable que haya muchísimos pobres, así se encuentren al otro lado del planeta. Y que cuando alguien especula y se lucra en los mercados financieros, efectivamente está empobreciendo a muchas otras personas (sumergir en deuda es una forma de empobrecer).  El gran problema es que esto es parte integral de nuestra realidad.

Este no es un tema sencillo pues lo menos que uno esperaría es que al mencionar los problemas se planteen también soluciones y lo cierto es que, al menos yo, me siento tan metido dentro del sistema que cuesta trabajo pensar en alternativas concretas.  Tal vez lo más difícil es la renuncia (aceptar que hay cosas que es mejor no hacer o que no es posible hacer) y lograr algo de coherencia en un entorno que está profundamente marcado por el consumo y por la presunción de la comodidad como derecho.

Así que, ¿qué estoy tratando de hacer en lo personal? Por lo pronto, mis niveles de consumo se han reducido notablemente. Dejé de comprar música cuando noté que todo lo que estaba haciendo era acumularla. Lo mismo con libros que nunca llegaron a ser leídos, o con películas que fueron vistas tan sólo una vez.  Al volver a Medellín, encontramos un apartamento muy cerca de la Universidad, que ha hecho innecesario comprar un auto (aunque en mi entorno inmediato la pregunta de muchas personas es, justamente, cuándo y cuál voy a comprar).  Voy caminando al trabajo y el transporte público es suficiente para otras (escasas) travesías.  He admitido que sólo voy a estar realmente familiarizado con un sector de la ciudad (a donde me lleven mis pies), y sigo empeñado en que los viajes aéreos que realice sirvan para generar en otras personas alguna comprensión que justifique (ojalá) mis emisiones de carbono.  Adicionalmente, a lo largo del año tengo el propósito de incluir en mi vida los temas de agricultura bajo techo y composting, así como lograr más conciencia respecto a la procedencia de las cosas que compro y el destino de las cosas que desecho.

Ante todo, quiero tratar de discernir qué es realmente importante y qué no, como medio de buscar una vida más austera, menos centrada en el consumo. Por lo pronto, me siento orgulloso de haberme aislado un poco de la carrera tecnológica. He dejado de percibir como ‘indispensable’ la actualización recurrente de mi hardware (computador, celular, cámara, etc.) y siento que he generado algo de criterio frente a los múltiples estímulos que tratan de convencernos de que lo ‘último es lo mejor’ y que ‘no podemos quedarnos atrás’.  Sobre todo, siento que he logrado algo de conciencia frente al impacto que mi existencia tiene en este planeta que nos tocó vivir.

Para mi, estos son pasos pequeños pero importantes.  Y poco a poco estoy descubriendo cómo dar pasos más decididos, en un entorno en donde muchas personas cercanas siguen sin percibir nada de esto. Tal vez lo más retador del asunto, al menos en mi caso personal, sigue siendo la confrontación de las expectativas (con frecuencia implícitas) de quienes hacen parte de mi entorno. Tal vez nos hemos acostumbrado tanto a la comodidad que nos cuesta trabajo darnos cuenta de su verdadero costo. O preferimos no hacerlo.

En cualquier caso, lo que hacemos cuenta.  Y mi misión personal poco a poco sigue virando hacia encontrar cómo las herramientas con las que contamos pueden ayudarnos a lograr más conciencia respecto al mundo en el que vivimos. En serio, de poco nos sirven las ‘competencias digitales’ o la ‘cultura digital’ si no logramos vivir de una manera más consciente.  La conciencia (junto con la aceptación) siguen siendo mis retos personales.

(Hace tiempo le decía a alguien que cuando escribía, lo hacía principalmente para mí mismo. Esta entrada es un buen ejemplo de ello. Pero si a alguien más le sirve, fabuloso.)

Sobre el autor

Soy Diego Leal . Quiero entender cómo funciona el mundo y ayudar a otros a hacerlo. Para ello trabajo en el diseño e implementación de experiencias de aprendizaje en red con uso de tecnología, que nos den pistas sobre cómo podemos aprovechar el potencial de los recursos con los que contamos para mejorar nuestro entorno. Me sorprende lo poco que sabemos y lo mucho que creemos saber.

  • Max Alvarez

    A mi esta esta entrada me hizo pensar y tengo una amiga íntima que decidió hacer un cambio radical en su vida y se fue a vivir a un lugar paradisíaco en donde está en contacto con la naturaleza. Creo que a ella y a su pareja, esta entrada también les va a parecer muy interesante. Lo que en inglés se dice “food for thought”. Gracias por tu aporte, Diego.

©2017 Diego E. Leal Fonseca. Partes de este sitio están disponibles bajo licencia Creative Commons BY-NC-SA

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