¿Y por qué no?

Hace unos cuantos años, fue medianamente popular una serie de televisión llamada Sliders (Deslizadores). La trama giraba alrededor de cuatro personas que por accidente habían entrado en un agujero de gusano, desplazándose a universos paralelos (muy en la onda de las teorías de Feynman). El gancho de la trama era que estos universos paralelos eran versiones levemente modificadas de nuestra Tierra, lo cual generaba posibilidades argumentales muy interesantes.

Pero en fin, había un episodio de esta seríe (el séptimo de la primera temporada) llamado Eggheads, el cual mostraba una tierra en la cual los intelectuales eran las celebridades, tal como los deportistas lo son en nuestra sociedad. Recuerdo claramente que en una escena en la que mostraban la ciudad, aparecía una valla de GAP en la cual el modelo de los pantalones era Einstein, y en algún momento aparecía el slogan de una empresa equivalente a Nike: Just think it. Lamentablemente, la trama mostraba que el asunto no era tan prometedor como parecía, y que los vicios asociados a la fama eran los mismos que en nuestra sociedad. Sin embargo, quisiera obviar eso en este post.

¿A dónde voy con todo esto? Me pregunto por qué no podemos pensar en una sociedad en la cual la educación es el valor más apreciado. ¿Y por qué no? Imaginen estar esperando un bus en un paradero en Bogotá y tener al lado, en lugar del anuncio de licor, un gran cartel del Portal Educativo Colombia Aprende, por ejemplo. Imaginen que el concurso de ortografía que organiza El Tiempo tuviera una convocatoria igual a la de los espantosos realities con los cuales nos deleitan cada noche nuestros canales privados, y que la final fuera un evento tan importante como el reinado de Cartagena. Imaginen bibliotecas públicas abiertas las 24 horas del día, para safisfacer la demanda de todos los aprendices. Imaginen cobertura educativa universal, pero de verdad. Imaginen que cada uno de nosotros entendiera la educación como un medio para alcanzar nuestros sueños. Imaginen que nuestros sueños fueran tratar de mejorar al mundo, en lugar de enriquecernos a pesar de los demás.

¿Y por qué no? Tal como lo veo en este momento, lo que hay de fondo con todo esto es, simple y llanamente, propaganda. ¿Cuáles son los mensajes que estamos implantando en nuestros niños y jóvenes? La respuesta a esa pregunta nos lleva a la eterna discusión acerca de la responsabilidad de los medios en todo este proceso. Victor Solano comentó en detalle el cuestionable caso de una emisora colombiana que está ofreciendo mamoplastia a sus oyentes mujeres. Y, a pesar de la respuesta de la directora de la emisora, la respuesta automática que reciben quienes se inscriben deja todo qué desear. Yo no me detendría en este asunto mucho, pues estoy convencido de que los medios masivos tienen una incidencia definitiva en esta situación (un documental como Bowling for Columbine es un muy buen ejemplo de esto).

Pero es sencillo unirse a la protesta, sin proponer alternativas. ¿Qué pasaría si el gobierno reconociera el poder de los medios en este sentido y, por ejemplo, la Comisión Nacional de Televisión financiara anuncios para entidades como Colciencias, el Ministerio de Educación o el Ministerio de Cultura? Hay una interesante campaña en este momento (precisamente de la CNTV, y creo que es necesario reconocer que han mejorado bastante en el estilo de anuncios que generan) respecto a las competencias matemáticas, y han aparecido en horario triple A anuncios de convocatorias de Colciencias (un tanto somníferos aún, pero algo es algo). Así que algo está pasando. ¿Y si como sociedad empezáramos a dirigirnos hacia allá? ¿Y si alguien encontrara una manera de generar rating con lo intelectual (y no me refiero a ese desastre que fue el programa este de La bella y el nerdo)? ¿Y si lo intelectual fuera rentable?

El efecto neto de esto, a mi juicio, sería que una buena parte de nuestra población estaría expuesta a mensajes que hablan acerca del valor del estudio y de la educación. Es sólo una hipótesis, pero estoy casi seguro de que, a mediano plazo, podríamos empezar a ver efectos positivos en nuestra sociedad.

¿Y por qué no?


Sobre el autor

Soy Diego Leal .

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