El propósito de la educación #purposedes

ADVERTENCIA: Si es su primera vez por aquí, no olvide que al igual que cualquier persona, puedo estar equivocado. Consuma con precaución. 🙂

(Este post hace parte de #purposedes, por una gentil invitación de Linda Castañeda. 500 palabras no fueron suficientes. 😉 )

Detrás del título de este post parece existir una curiosa premisa: hay un sólo propósito para una sola educación.

Pero, ¿hay una única educación? Basta con mirar alrededor para notar que no es así. ¿Hay un único propósito para ella? Por el contrario, pareciera que hay tantos propósitos (muchos de ellos no discutidos) como visiones (muchas de ellas ni siquiera conscientes). Mientras algunos tipos de educación (habitualmente privados) forman líderes, otros (habitualmente públicos) forman empleados.  Mientras algunos protegen valores y expresiones culturales que consideran esenciales, otros se concentran en los “contenidos” que “hay que saber”. No toda la educación está en crisis, pues muchas instituciones están desarrollando a cabalidad su tarea de formar a los ciudadanos que podrán ser parte activa del mundo al que estamos entrando. Ahora, que la mayoría de las personas no tengan acceso a este tipo de educación es un problema muy diferente.

Así que la premisa no es válida.  Sin embargo, en estos días en los que la distancia desaparece gracias a nuestras herramientas de comunicación, pareciera que cuando hablamos del “estado de la educación” o de su “situación de relevancia en un mundo tan cambiante”, nos estamos refiriendo a una única educación, a un único nivel, a un único sistema educativo.  Tal vez por eso terminamos suponiendo que este único sistema educativo debería tener un propósito claro, que atendiera a las necesidades de una sociedad y un ciudadano más globalizados, en un entorno muy diferente a aquel que vió la proliferación de los sistemas educativos formales en el siglo 19. ¿No?

De hecho, en nuestro discurso solemos suponer que existe un único propósito. ¿Y quién piensa en él? Me temo que este elusivo tema se va construyendo a retazos en las decisiones diarias y el lenguaje (aparentemente inocuos) de organizaciones y personas de todos los sectores y niveles de la sociedad. Mientras unos claman por competitividad, otros claman por competencias digitales. Mientras unos buscan empleados competentes, otros suponen que el manejo efectivo de los “juguetes” que tenemos actualmente será suficiente.  Todos suponen (¿suponemos?) que saben cuál es el verdadero propósito.

Pero, a pesar de no existir un único propósito o una idea única de educación, sí hay algo común a cualquier expresión, antigua o moderna, de la misma: siempre ha sido organizada alrededor de aquello que debe ser transmitido a las nuevas generaciones, que debe ser protegido, según el parecer de un grupo pequeño con una ideología, creencias e intereses específicos. Aquel que está siendo educado nunca ha tenido mucho poder de decisión frente a lo que está viviendo, y el proceso siempre ha generado una diferencia tangible entre los ‘educados’ y los no ‘educados’. En esa medida, el ejercicio de hablar acerca del propósito de la educación nos lleva a exponer las creencias más profundas que cada cual tiene sobre lo que debe ser transmitido a las nuevas generaciones: valores, dogmas, status quo, modelos económicos, etc. En parte por eso me cuesta trabajo pensar cuál es el propósito de la educación, pues significaría asumir que aquellas cosas que yo (o un colectivo del que hago parte consciente o inconscientemente) considero como buenas/útiles/importantes deben serlo también para muchas otras personas.

La educación por y para un grupo minoritario es tan recurrente en la historia de nuestra especie, que la obsesión moderna con la alfabetización universal (¿o con la escolarización universal?) en una aparente búsqueda por la equidad resulta completamente atípica. Esa obsesión ha generado un sistema educativo que cuestionamos y cuyo propósito discutimos, pero que es el que nos ha traído hasta aquí con todo lo bueno (esperanza de vida, alguna seguridad social, posibilidades de comunicación y aprendizaje imposibles hace sólo 10 años) y lo malo (profunda inequidad social, crisis energética y climática).

Y en medio de ese proceso olvidamos que los actuales propósitos y narrativas centralizados que hemos asumido como únicos, sólo funcionan en un mundo con petróleo barato.  En el mundo en transición que se avecina, esas narrativas tambalean. En tal mundo, las visiones particulares y los propósitos múltiples, las narrativas distribuidas y locales, no son sólo inevitables sino indispensables. El gran reto que tenemos es hacerlas visibles, reconocerlas y reconstruirlas.

Cabe preguntarse qué podrían tener en común esas múltiples narrativas.  Mark Federman argumenta que estamos en la mitad de un proceso de transición histórica que no empezó con los computadores sino con la demostración (en 1844) de la primera tecnología de comunicación eléctrica: el telégrafo. Según Federman, si la aparición de la escritura y de la imprenta sirven de indicadores, simplemente no tenemos idea de cuál será la configuración “estable” que se produzca al final de este período.  ¿Cómo planear entonces para un futuro indeterminado?

Desde mi perspectiva, las nuevas narrativas tendrían que recordarnos que somos mucho más que la tecnología o los productos de moda, mucho más que el dinero o el prestigio que tenemos o no tenemos, mucho más que competencias, competitividad, puestos en un ranking o indicadores en un estudio, mucho más que una sola perspectiva o un único propósito. Tal vez lo que tendría que ser común a cualquier educación que mire hacia el futuro no tiene que ver con las competencias o los saberes (sean digitales o de cualquier tipo), sino con la comprensión de cuál es nuestro lugar en la historia (global y local) de nuestra especie, y cuáles son las cosas por las que vale la pena luchar, aquellas que nos ennoblecen como seres humanos y que nos hacen verdaderamente únicos como individuos.  Esto es, si lo consideramos algo tan valioso como para querer aprenderlo y conservarlo.

NOTA: Este post está inspirado en ideas mucho mejor expresadas en el pasado por Neil Postman, Ivan Illich, Marshall McLuhan y John Holt. Muchos otros referentes importantes pueden haber sido omitidos sin intención. Gracias enormes a Marie por su invaluable ayuda en la revisión y edición.

Sobre el autor

Soy Diego Leal . Quiero entender cómo funciona el mundo y ayudar a otros a hacerlo. Para ello trabajo en el diseño e implementación de experiencias de aprendizaje en red con uso de tecnología, que nos den pistas sobre cómo podemos aprovechar el potencial de los recursos con los que contamos para mejorar nuestro entorno. Me sorprende lo poco que sabemos y lo mucho que creemos saber.

©2016 Diego E. Leal Fonseca. Partes de este sitio están disponibles bajo licencia Creative Commons BY-NC-SA

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