Sobre el futuro de la educación y otras cosas…

Jorge Peralta, de Universia Perú, me envió hace algún tiempo unas cuantas preguntas que se convirtieron en una entrevista que fue publicada hace varias semanas. Como suele ocurrir, el texto de las respuestas es usado como insumo para construir una nota, y en ese proceso (siento yo) se pueden perder muchas cosas importantes para quien las responde. Por esa razón, aquí están las respuestas completas a las preguntas de Jorge, que tienen toda la cara de un post (un ejercicio interesante que tengo que hacer es leer el texto completo y revisar luego la nota, para analizar con cuidado qué cosas fueron reinterpretadas):

Jorge Peralta.- Dado los avances tecnológicos a la fecha y con las necesidades de profesionales más competentes de parte de las empresas ¿Como visualizas el futuro de la Educación Superior en nuestra región? ¿Más virtual? ¿Más ubicua? ¿Qué esperas de la Universidad como institución ante ello?

Diego Leal.- Puede ser importante recordar que es diferente visualizar lo que podría ser un futuro factible de lo que podría ser un futuro deseable. Por otro lado, es imposible imaginar el futuro sin involucrar como parte integral del mismo la forma en la cual la tecnología y las necesidades de las empresas seguirán cambiando.

En cuanto a lo factible, sin duda uno de los grandes motores de la educación superior a nivel regional ha sido responder a las necesidades del mercado laboral, lo cual ha sido reinterpretado recientemente bajo la frase "responder a las necesidades de la sociedad de la información", y está enmarcado dentro del contexto de la globalización y la competitividad en un entorno global.

En general, uno no podría discutir la validez de tal afirmación. No obstante, cuando se mira con cuidado se encuentra que tiene unas implicaciones muy importantes para el futuro de la Educación Superior, en especial en relación con un segundo gran motor (mucho más reciente), que es el cambio tecnológico.

Un gran reto para la gran mayoría de nuestras instituciones es cómo afrontar el vertiginoso cambio de la tecnología. Y digo afrontar porque es visible el profundo impacto que está teniendo en todos los ámbitos de la sociedad, así que ya no es una opción (como tal vez lo fue hasta hace una década) suponer que se trata de una moda temporal que no tiene relación directa con el quehacer de la Educación Superior.

Sin duda, los efectos más visibles del cambio tecnológico los veremos dentro de poco, en la medida en que la disponibilidad del ancho de banda siga mejorando, y en la medida en que se consolide aún más la convergencia entre los dispositivos de telefonía móvil y los computadores personales. Por ejemplo, el aumento del nivel de penetración de teléfonos celulares de gama alta (en especial los smartphones) en la región es cuestión de tiempo, y es previsible que tenga un impacto mucho más contundente que el que hemos visto hasta el momento en nuestras instituciones educativas. La posibilidad de estar en línea de manera permanente, que hasta ahora ha estado limitada a un pequeño sector de la población, se volverá un lugar común, con las ventajas y desventajas que conlleva.

Entonces, en principio estamos hablando de un acceso ubicuo, y (con suerte) de una relación 'justo a tiempo' con la información y el aprendizaje. A medida que nuevos dispositivos hagan parte de nuestra vida diaria, es posible que la fuerte distinción que hasta el momento hemos visto entre lo presencial y lo virtual deje de ser útil, y que finamente empecemos a hablar del proceso educativo como algo continuo, en lugar de un conjunto de compartimentos separados entre sí.

Sin embargo, como hemos visto en la historia reciente, es muy probable que la integración de estas nuevas herramientas sea llevada a cabo por el sector productivo de una manera mucho más rápida que por el sector educativo. Además, es previsible que las empresas requieran más flexibilidad en cuanto al desarrollo de su capital humano, para poder competir en un entorno cada vez más complejo.

Con eso dicho, tal vez uno de los grandes riesgos para la Educación Superior formal es que, siguiendo la línea creciente de las instituciones de educación corporativa, el sector productivo puede encontrar que es más efectivo (en términos de flexibilidad y oportunidad) gestionar sus propios procesos de formación, en lugar de acudir a un sector de Educación Superior que se ha mostrado resistente a adoptar en su quehacer muchas de las herramientas tecnológicas que hacen parte de la vida cotidiana de sus estudiantes (y trabajadores).

Esto significa que el reto para las instituciones será ofrecer una experiencia presencial que en realidad agregue valor al estudiante, y que esté crecientemente relacionada con su práctica profesional (actual o futura), a través de mecanismos como comunidades de práctica, por ejemplo. Esta búsqueda de valor agregado puede tornarse aún más difícil, cuando se tiene en cuenta que el amplio acceso a la red puede llevar a una competencia directa de las instituciones locales con otras de todo el planeta (tanto de habla hispana como de habla inglesa).

En este punto es posible que lleguemos a ver una creciente tensión política frente al problema de la certificación, debido a una eventual (e inesperada) competencia entre el sector productivo y el sector educativo formal, y a aspectos como la necesidad de una homologación ágil de títulos ocasionada por el acceso de los estudiantes a un mercado educativo global.

En general, lo que sin duda podemos esperar en los próximos años es una proliferación de soluciones de aprendizaje mixto (blended learning), a medida que las distintas instituciones exploren diversas formas de ofrecer a sus estudiantes una experiencia que integre tanto actividades presenciales como en línea, y que justifique la alta inversión que la Educación Superior representa para buena parte de nuestra población.

Por supuesto, un cambio de este tipo no sólo tomará tiempo, sino que estará marcado por muchos experimentos tanto educativos como políticos, y por una creciente depreciación de la información especializada, a medida que el acceso a la misma aumente. Sin duda, exigirá repensar el sentido del currículo y sus procesos de actualización los cuales, para seguir siendo relevantes en un entorno cambiante, tendrán que exhibir una creciente flexibilidad. Por supuesto, esto ofrece una alternativa a las instituciones educativas, y es concentrarse más en la conservación y propagación del conocimiento existente, y menos en la innovación y la creación de conocimiento nuevo. Esta decisión, consciente o no, tendrá un fuerte efecto en el futuro de cada institución.

Ahora bien, si quisiéramos hablar de lo deseable, tal vez tendríamos que detenernos a reflexionar sobre cuál es el papel que la Educación Superior podría (o debería) jugar para los próximos 100 años de nuestra especie, no sólo para los próximos 10 o 15 años.

Los complejos problemas de nuestro tiempo, que progresivamente se hacen más visibles requieren, desde mi perspectiva, que la visión del sistema educativo trascienda los meros asuntos de competitividad económica, para concentrarse en el desarrollo de las habilidades no sólo intelectuales sino éticas que nos permitan dar soluciones locales efectivas a los problemas globales. En ese sentido, hablar de lo deseable significa hablar de los fines de la educación, y entenderlos como un asunto de largo plazo, que trasciende muchas de las barreras artificiales que hemos creado.

Lo que uno esperaría de las Universidades, sin duda, es que tuvieran la visión suficiente para ofrecer soluciones concretas a estos temas. No se puede desconocer que existen debates en curso al respecto, pero tampoco se puede desconocer el limitado alcance que estos debates han tenido en la práctica de las instituciones. La responsabilidad de instituciones como las Universidades sería, a mi juicio, estar a la altura del momento histórico que nos correspondió vivir. Estar a la altura de la responsabilidad de crear un futuro viable para nuestra especie, y para nuestro planeta.

JP.- En tu opinión..¿Qué elementos conforman el futuro del aprendizaje en línea? (Leí tu traducción del artículo de Downes pero quiero tu interpretación)

DL.- Evidentemente, la forma que tome el aprendizaje en línea está íntimamente ligada a la evolución de la tecnología. En ese sentido, tal vez los factores más decisivos serán la disponibilidad de conectividad de alta calidad, ubicua y continua (bien sea a través de redes celulares o de otro tipo), y la convergencia de diversos dispositivos en productos de bajo costo, que estén al alcance de la mayor parte de la población. Tan sólo eso, tendrá un impacto inestimable en todas las áreas de nuestra sociedad.

Sin embargo, hay otros factores específicos a tener en cuenta, que de algún modo se han vuelto muy visibles gracias al cambio tecnológico. Por un lado, los asuntos de propiedad intelectual, que siguen siendo objeto de debate continuo en relación con la compensación y su relación con el derecho de acceso a la información, por ejemplo. Lo que hemos visto hasta el momento es una gran cautela de parte de los gobiernos frente a este tema, en contraposición a un creciente movimiento de producción y distribución de contenidos de todo tipo publicados bajo varias alternativas de licenciamiento (entre las que se encuentra, por supuesto, Creative Commons).

Esta discusión apenas está empezando a tomar fuerza en las instituciones educativas, y a medida que se haga más amplia, empezarán a aparecer inquietudes como las que vemos con alguna frecuencia en instituciones de otras regiones, frente al papel que juegan (y deberían jugar) quienes actúan como intermediarios en la distribución de publicaciones científicas y revistas indexadas. En especial, es probable que aumenten las dudas respecto a la necesidad de pagar por suscripciones a material especializado, y que se sigan explorando alternativas igualmente efectivas y menos costosas.

Por otro lado, está el componente político de la Educación Superior. Hay al menos dos factores que intervienen aquí: primero, el creciente acceso al contenido producido por instituciones de la región, sea en la forma de grabaciones de clases o de materiales como los que se encuentran en iniciativas como Open CourseWare o Connexions, por ejemplo; y segundo, la creciente participación en línea de muchas instituciones de la región, que les permitirá alcanzar cada vez más a estudiantes de otros lugares.

Es posible que estos dos factores generen alguna presión sobre los gobiernos nacionales, tendiente a facilitar procesos de homologación y certificación de competencias y conocimientos. Es probable que la forma en la que los gobiernos respondan a tal presión sea muy variada, y que pueda configurar distintas posibilidades para el aprendizaje en línea, en lugar de un único esquema para toda la región.

Ahora, aunque podemos considerar también la posibilidad de un proceso de integración regional que facilite el tránsito de estudiantes y de certificaciones profesionales entre países, esta es una ruta en la que no se ha avanzado mucho aún, y que puede tomar más tiempo. Lo que seguramente veremos es la aparición de nuevos convenios bilaterales tendientes a la homologación de programas profesionales específicos, pero es posible que incluso esto sea insuficiente ante una creciente demanda de parte de los estudiantes.

Hay un factor adicional que en realidad tiene mucho que ver con lo cultural, y es el referente a la personalización de la educación. La tecnología ofrece, cada vez más, la posibilidad de permitir a cualquier persona aprender por su cuenta cualquier tema, así como de interactuar con amplias comunidades profesionales. Pero este es un potencial que, para ser aprovechado, requiere una percepción personal que entienda el aprendizaje como mucho más que la carrera de obstáculos en la que se han convertido muchos de nuestros programas académicos. Una de mis grandes dudas es si llegaremos a aprovechar este potencial de la mejor manera posible. Si lograremos ir más allá de los usos básicos de socialización y entretenimiento. Este puede ser un fértil terreno de diferenciación para muchas instituciones: la creación de aprendices efectivos, y no sólo de estudiantes y profesionales.

JP.- Cual crees que debe ser el rol del docente universitario actual. ¿Mediador, facilitador o transmisor? ¿Que competencias debe tener este docente?

DL.- Quisiera detenerme aquí en el sentido del lenguaje que utilizamos. Para empezar, diría que no hay un único rol que deberían desempeñar todos los docentes, y que tal rol no debería ser una respuesta a un asunto tecnológico o metodológico, sino que debería estar completamente ligado al sentido social e histórico del trabajo que desarrollan. Cabe preguntarnos cuántos de nosotros entendemos la labor docente como un acto de conservación cultural, o como un acto de innovación creativa. Es probable que los roles que un docente juega cambien en función de estas creencias fundamentales.

En esa línea, pienso que vale la pena evidenciar que las metáforas que usamos para referirnos a la actividad docente, reflejan en realidad nuestros propios convencimientos respecto a lo que significa aprender. Tomemos por ejemplo, el rol de 'transmisor'. ¿Transmisor de qué? ¿Es relevante este rol, considerando las posibilidades de almacenamiento y reproducción que ofrece la tecnología hoy?

Sir Arthur C. Clarke mencionaba en una reunión de UNESCO en 1970 que "cualquier profesor que pueda ser reemplazado por una máquina debería serlo". En ese sentido, tal vez cabe preguntarnos qué valor estamos agregando como docentes a la experiencia de aprendizaje, y tendríamos que intentar que fuese mucho más que la mera transmisión de información. Curiosamente, el fuerte énfasis que muchos de nosotros ponemos en los contenidos es un claro reflejo del gran valor que damos a esta labor de transmisión de información.

Para otras personas, el rol de 'facilitador' es polémico porque (para ellas) el acto educativo no se trata de facilitar nada sino de, por el contrario, de problematizar de manera efectiva. Es importante notar aquí que el sentido que se le da a la palabra 'facilitador' es 'aquel que facilita'.

Para el caso del rol de 'mediador' la pregunta inmediata sería, ¿mediador entre qué cosas? ¿Estamos hablando del docente como 'intermediario'? Esta es una duda válida cuando pensamos que la tecnología ha facilitado, también, el acceso directo a fuentes primarias de información, con el efecto de eliminación de los intermediarios que hemos visto en diversas industrias.

Desde mi perspectiva, tal vez el rol más importante que podría jugar el profesor es el de demostrar maneras efectivas de aprender. Una idea muy sencilla que he utilizado en diversos talleres con docentes de educación superior es que "todos somos aprendices". Mi impresión es que entender esta sencilla idea a fondo tiene un fuerte efecto en la práctica profesional, en la medida en que reconocemos que como docentes no podemos (ni tenemos que) conocer todas las respuestas y que en realidad somos, así como nuestros estudiantes, miembros de una comunidad mucho más amplia que está tratando de construir tales respuestas.

Desde esta mirada, uno podría encontrar un nuevo significado para los roles mencionados en la pregunta. Un docente sería 'transmisor' no de contenidos, sino de prácticas específicas de aprendizaje (mediante el ejemplo); sería un 'mediador' entre un conjunto de aprendices y una comunidad profesional global, sin convertirse en el centro de ella; y sería un 'facilitador' en la construcción de soluciones a problemas importantes, a partir de su propia experiencia profesional.

El detalle importante es que desarrollar este tipo de habilidades no se logrará mediante un proceso de formación tradicional, sino que requerirá repensar las experiencias de aprendizaje a las cuales nos exponemos, de manera que nos veamos obligados a evidenciar y confrontar nuestros propios imaginarios sobre la educación y el aprendizaje.

JP.- ¿Como se debe gestionar la calidad en la Educación Superior? (Por favor, detalla si tienen estándares de calidad en Educación a distancia o virtual o sobre las acreditaciones)

DL.- De nuevo, hay un detalle importante en la pregunta, y es que parece suponer que existe una visión común sobre lo que significa la calidad, lo cual a menudo no es cierto. Para el caso colombiano, la calidad de todos los programas académicos se regula mediante la Ley 1118 de 2008, que establece seis condiciones de carácter institucional y nueve condiciones de calidad para los programas. Esta Ley está en proceso de ser reglamentada mediante un Decreto que, al parecer, incluirá secciones específicas referentes a la evaluación de programas a distancia, así como para aquellos que realicen incorporación de TIC.

Ahora, más allá de estos aspectos normativos, que definen el marco en el cual se desarrollan las actividades específicas de las instituciones, hay diversas iniciativas de fomento al desarrollo de una gestión de calidad, desde una perspectiva de aseguramiento de la calidad de los procesos, que busca conducir a certificaciones y acreditaciones de calidad, tanto de agencias locales como internacionales.

En esta línea hay iniciativas como el trabajo desarrollado por el ISO/IEC, a través del Comité conjunto JTC1/SC36, en el cual el único país de la región que participa (como observador) es Colombia, y que ha publicado ya normas como la 19796, referente precisamente a la gestión, aseguramiento y métricas de la calidad de la educación y el aprendizaje apoyados con tecnología.

En lugar de contestar la pregunta referente al cómo, prefiero recordar que la forma en la que se concibe la calidad depende en buena medida de cuáles son los fines que persiguen los diversos actores del sistema, y esto significa que tal vez no existe una única forma de gestionarla. También es importante señalar que lo que comprendemos como 'calidad', con frecuencia se refiere a conjuntos de buenas prácticas identificados a partir de actividades realizadas en el pasado, y que no contemplan necesariamente las prácticas emergentes producto de cambios en el entorno y de innovaciones organizacionales.

En ese sentido, la forma de gestionar la calidad tendría que estar precedida por un análisis sobre cómo es entendida, lo cual sólo puede ser respondido por cada institución, involucrando la participación efectiva de sus distintos miembros, y la identificación clara tanto de los objetivos como de los fines últimos que la institución persigue.

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Gracias a Jorge por la oportunidad de poner en limpio un montón de ideas recientes. :)


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Soy Diego Leal .

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