Viviendo en las nubes

**Este post fue escrito el 26 de Noviembre, a bordo de un avión y después en la sala de espera del Puente Aéreo, en Bogotá. Es publicado hasta ahora debido al caos tecnológico en el que me encuentro**

Hace algunas semanas, le decía a Marie que me habría gustado viajar más por el país mientras estuve en el Ministerio de Educación, pues me concentré tanto en las labores de gestión que era necesario movilizar desde Bogotá, que no aproveché mi situación para visitar muchos lugares que no conozco (hay personas que, por otro lado, de veras aprovechan cada oportunidad de viajar, en ocasiones a costa de asuntos urgentes, que no pueden ser atendidos a distancia).

Y en este caso fui víctima de las consecuencias de una curiosa advertencia, que no se de dónde salió: "Ten cuidado con lo que deseas, porque se te podría cumplir".

De manera inesperada, me fue solicitado que estuviera presente en todos los talleres EduCamp de este año, cuando inicialmente tenía previsto participar de manera directa solamente en el de Bogotá. Y esta solicitud me implicó entrar en una apretada agenda de viajes alrededor del país, con una primera ronda en esta semana, que en principio me llevaría a Montería (lunes), Pereira (martes) y Cartagena (miércoles), regresando directo a Rio de Janeiro el día jueves. Bastante apretado (por no decir desgastante).

Estoy en este momento, día miércoles a las 10:20a.m., en un Airbus 319, en ruta entre Bogotá y Pereira. El piloto acaba de avisar que, debido a las condiciones meteorológicas en Pereira (léase “está lloviendo de una manera ridícula”), debemos regresar a Bogotá. Esto, después de casi una hora y media de vuelo, que hemos pasado en su mayor parte sobrevolando Pereira, mientras todos esperábamos (con alguna esperanza) que las nubes nos permitieran llegar a nuestro destino. En mi caso, llegar al taller del día de hoy.

Esta es una situación, que aunque molesta, se escapa del control de Avianca. Lo malo es que es la segunda vez en dos días…

Anoche llegué al Puente Aéreo de Bogotá a las 6:30p.m., con intención de abordar el último vuelo a Pereira, a las 8:40 de la noche. Luego de abordar y obtener un inesperado cambio de categoría (me pasaron a primera clase), me entretuve aprendiendo a usar el sistema de entretenimiento que el Airbus 319 tiene. Fue bastante interesante sentirme en modo de exploración tecnológica una vez más, usando una interfaz poco común en nuestro medio (descubriendo para empezar en dónde estaba la pantalla que correspondía a mi silla, ubicada en la primera fila). Cuando estaba empezando a disfrutar el asunto, llegó el anuncio de acercamiento al aeropuerto de Pereira, lo cual me obligó a apagar todo.

Un momento después, el piloto anunció que había una nube en la cabecera de la pista del aeropuerto de Pereira, y que estaríamos sobrevolando esperando a que las condiciones mejoraran. Pero esto nunca ocurrió. Por el contrario, empeoraron, y a las 10:30p.m., el piloto anunció que tendríamos que regresar a Bogotá, pues el aeropuerto de Pereira cerraba su operación a esa hora. Incluso si la nube desaparecía, no habría manera de aterrizar.

Así que casi a las 11:00 p.m. regresamos a Bogotá, a tomar un autobús que nos llevaría al Hotel Bacatá, en el centro de la ciudad, para dormir un rato y regresar al aeropuerto a las 5:00 a.m., para intentar tomar el primer vuelo del día siguiente.

Así, con pocas horas de sueño y mucha esperanza, regresamos hoy en la madrugada, sólo para encontrar que el aeropuerto seguía cerrado. Y estuvo así hasta las 8:15a.m., cuando nos autorizaron para abordar nuevamente.

Y eso me lleva a este momento, cuando el piloto acaba de anunciar que estamos próximos a aterrizar de regreso en Bogotá. Con lo cual los 120 pasajeros que estamos a bordo, incluyendo bebés, niños, adultos y ancianos, completamos más de 12 horas de un infructuoso viaje a una ciudad que sigue aislada por vía aérea debido al mal tiempo.

La tripulación se ve tensa, y parece que hay una persona a bordo con fiebre desde hace algún rato. Con razón, se escuchan voces de muchas personas reclamando y pidiendo a los otros pasajeros que no abandonemos el avión. Muchos prefieren esperar a bordo que regresar a la sala de espera. El estar aquí, al menos les da la esperanza de que volveremos a despegar. Ya se ve por la ventanilla la verde sabana de Bogotá, nublada pero con la posibilidad de aterrizar. Estamos de regreso en donde empezamos, más cansados y, en muchos casos, sin siquiera con un desayuno.

Y para completar el absurdo, hay una grabación que suena en el momento del aterrizaje, diciendo “Hemos llegado a nuestro destino…”, la cual genera risas en unos y nuevos reclamos en otros.

Y así se pasa la vida. Doce, catorce horas atrapados entre aeropuertos y aviones. Sin posibilidad de culpar a nadie, pues estamos ante un evento climático que está fuera del control de un piloto, de una tripulación o de una empresa. El regreso a Bogotá ha sido siempre la opción más segura, pues no podemos correr el riesgo de quedarnos sin combustible.

A pesar de toda la tecnología que pude ver en este nuevo avión, una nube tormentosa ha bastado para cambiar los planes de 120 personas, y de toda una organización aérea. Parece un recordatorio de cuán poco podemos hacer frente a los fenómenos naturales. De cuán irrelevantes son nuestros importantes problemas y nuestras apretadas agendas ante una naturaleza que simplemente sigue su curso.

[...]

Finalmente, mi decisión fue no viajar a Pereira, pues el siguiente vuelo estaba previsto para las 2:50p.m. Así que ahora estoy de nuevo en una sala de espera, con la intención de abordar un vuelo a Cartagena, que me permita asistir al taller de mañana. Como adiciones a un día de por sí bastante extraño, ví al expresidente Andrés Pastrana llegar en un vuelo al mismo tiempo que nosotros, y después me encontré con otro personaje de nuestra vida nacional, en la oficina de tiquetes y reservas, y luego en la sala de espera.

El recordado Faustino Asprilla terminó sentado a una mesa de distancia de donde me encuentro, y por casualidad (porque estaba detrás de él) pude observar algunos de sus hábitos de uso de Internet. Vale la pena aclarar que esta es la sala VIP de Avianca, así que el computador frente al que él se encuentra sentado es de uso público. Tan público, que la persona en el computador que está a su lado es una niña de alrededor de 10-11 años, que está navegando por una página de juegos infantiles.

Nada de esto sería relevante, de no ser porque las fotografías que Asprilla abre desde su correo y desde su MSN, van desde modelos en traje de baño, hasta imágenes absolutamente explícitas (léase desnudos y primeros planos de otras partes más privadas de la anatomía femenina), que aparecen en todo su esplendor al lado de esta niña, a la vista de quienes se encuentran cerca en la sala, y que quedan almacenadas en el disco del computador que está utilizando.

No pretendo entrar a cuestionar o valorar el consumo de imágenes pornográficas, pues de veras pienso que es una opción personal. Pero sí considero inevitable decir que una figura pública como Asprilla debería ser más cuidadosa en este sentido. No se trata de puritanismo, sino de ser consciente de que está en un lugar público, que tiene a una menor de edad al lado, y que su historia de vida lo convierte, de alguna manera, en un modelo de rol para muchas personas.

Todo esto me lleva a preguntarme acerca de cuáles serán los hábitos de uso del computador de muchos de nuestros líderes (sean políticos, deportivos o de opinión), y hasta qué punto existe conciencia sobre las posibilidades y potencial de la red. Me asusta un poco pensar que toda la tinta y bits que tantas personas han gastado hablando sobre ello, no tiene ninguna incidencia sobre las personas que tienen la posibilidad, por una u otra razón, de marcar una diferencia rápidamente visible.

Así que andar entre aeropuertos no me alejó de la reflexión sobre los temas que me inquietan. Supongo que hay algunas conexiones neuronales en mi cerebro, que por causa del uso recurrente me están llevando a ver en el mundo ciertas cosas, que vuelven una y otra vez. Todo por cuenta de vivir en las nubes durante una pequeña temporada...


Sobre el autor

Soy Diego Leal .

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