El Perfume

Hace muchos años tuve la oportunidad de leer el libro de Patrick Süskind, en el cual se basa la película El Perfume. Lo leí porque estaba como de moda en ese entonces, y me pareció una novela muy interesante. De esas que uno mantiene en la mente, así sea sólo gracias a unas pocas escenas que quedan fijas en nuestra imaginación. Y en mi caso, a la grata impresión que me dejó una novela escrita alrededor del menos utilizado de nuestros sentidos: el olfato. Una novela que logra captar la atención y que logra dejar la inquietud de prestar más atención a los olores que nos rodean.

Por esos recuerdos, tenía algo de precaución con respecto a la película. Mi gran duda era que el libro está lleno de detalladas descripciones y sensaciones olfativas que resultan muy difícil de llevar a la pantalla. Debo decir que la película es muy, muy buena.

Si bien a lo largo de la historia quedan algunos detalles no resueltos que sólo pueden resolverse con el libro, lo cierto es que el trabajo de contar la historia de Jean Bastiste Grenouille resulta mesurado y, podríamos decir, objetivo. No llega uno a identificarse de manera positiva (por su dura historia de vida) o negativa (por sus actos) con el personaje. O al menos no me ocurrió a mi. Veo eso como una virtud de la película pues, al igual que el libro, no está lanzando juicios sobre lo que presenta, sino que permite al observador ver el panorama completo y sacar sus propias conclusiones. No hay juicios morales de ningún tipo.

Grenouille es interpretado por Ben Whishaw (un desconocido para mi), quien logra crear un personaje con una lógica y actitudes casi inhumanas (como lo presenta el libro), pero completamente atrapado en la satisfacción de sus necesidades humanas básicas. Una complicada dualidad que, a mi juicio, es muy bien lograda.

Dustin Hoffman resulta bastante divertido en su aparición como el perfumista Baldini, y Alan Rickman presenta un Antoine Richis que se diferencia bastante del profesor Snape, a quien ha encarnado en todas las películas de Harry Potter (resulta increíble pensar que Alan Rickman era el villano en la primera Duro de Matar, por cierto). Richis termina siendo la única voz racional contra un asesino increíblemente metódico, en un pueblo desesperado por lograr encontrar un culpable con la mayor celeridad posible, sin importar que sea un inocente. Un pueblo que muestra en gran medida las reacciones que puede llegar a tener un grupo social atemorizado y con esquemas rígidos para comprender el mundo. Cuántas veces no terminamos comportándonos de esa manera!

La música es excelente y llena de manera perfecta muchas de las largas (y muy bien logradas) escenas sin diálogos que aparecen a lo largo de la película, las cuales podrían haberse convertido en su talón de Aquiles. El silencio, en la medida en que permite acercarse a los efectos de lo olfativo en el protagonista y en su entorno, cumple un papel crucial en la atmósfera que se logra.

En fin, es refrescante ver la historia de un asesino en serie que no tiene sangre, persecuciones a alta velocidad ni explosiones. Es una película con un ritmo lento, tal como tendría que haber sido. Ritmo que puede resultar aburrido para muchas personas, pero perfecto para los seguidores (incluso ocasionales) del cine arte francés y oriental.

Cerraré resaltando el valor de la última escena, la que más recordaba del libro, y tal vez la más complicada de lograr sin que resultara abiertamente grotesca. La calidad del tratamiento de esta escena es el cierre perfecto para una muy buena adaptación de la novela de Süskind.

Altamente recomendada.


Sobre el autor

Soy Diego Leal .

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